
Thierry Simonelli
Kojève o Lacan
traduite du français par Margarita MosqueraNo es difícil, y raros son los comentadores que no lo han puntuado, ver perfilarse detrás de la concepción lacanista del deseo del hombre, el "Deseo" de Kojève. Lacan, habiendo asistido a las clases de Kojève en la Escuela Practica de Altos Estudios, y habiendo reconocido a Kojève como uno de sus "maestros que piensan", al lado de Heidegger, parece haberse impregnado en efecto profundamente de esta Introducción tan particular a la obra de Hegel.
En los apuntes de curso de Kojève, compuestos y publicados por Raymond Queneau, reencontramos una gran parte de los rasgos que caracterizan la teoría lacanista. Partiendo por lo tanto del comentario que Raymond Queneau escogió muy juiciosamente para poner en exergo a la Introducción a la lectura de Hegel, descubrimos, desde las primeras paginas un hombre caracterizado por el "Deseo". Lo mismo que el de Lacan, el Deseo de Kojève es presupuesto por toda conciencia de sí (Alexandre Kojève, Introducción a la lectura de Hegel [=IlH], p. 11.). El Deseo determina al hombre en su ser, o más precisamente en la anulación de este ser (ibibid). Y en su historia (IlH, p. 13). El Deseo, para que sea un deseo «propiamente humano», no desea la satisfacción del apetito, no desea el cuerpo, sino que desea «el Deseo del otro». Resulta, para Kojève, que todo Deseo es siempre Deseo de Deseo: deseo de reconocimiento del Deseo (IlH, p. 14) (1).
Kojève define por otra parte su Deseo de la misma manera que su alumno Lacan: así como «negatividad negadora» (IlH, p. 12). El Deseo no deja lo «dado tal como es», pero lo « destruye; si no en su ser, por lo menos en su forma. » (Ibibid). La palabra tiene por otro lado una función negadora similar en Kojève. La diferencia entre el sentido, « o la esencia, el Concepto, el Logos, la Idea, etc. » (IlH, p. 372) del «perro» y la «palabra «perro»», es que «la palabra» «perro» no corre, no bebe y no come» (IlH, p. 373). En otros términos: «en él, el Sentido (la Esencia) deja de vivir; es decir que muere. Y es por eso que la comprensión conceptual de la realidad empírica equivale a una muerte.» (Ibid). La diferencia entre el propio Ser y el concepto, o la palabra "Être" es justamente el ser: « Porque el Ser es como Ser, pero no está en el concepto Ser » (IlH, p. 375, note1) (2). De donde Kojève puede deducir una operación aritmética que subtenderá la concepción lacanista del significante: « obtenemos el concepto [la palabra] "Ser" sustrayéndole el ser al Ser: Ser menos ser igual al concepto "Être" » (ibid.). Para Lacan, no es muy difícil desde entonces combinar deseo y lenguaje, y esto tanto menos, si la "muerte" de la cosa y la « negatividad negadora» responden a la misma finalidad que en Kojève: la libertad del hombre con relación a la naturaleza, y con relación a las necesidades naturales. Si el hombre se distingue del animal, explica Kojève, es porque su Deseo no es más deseo de un objeto, sino deseo de una «nada», deseo de otro deseo (cf. IlH, pp.12, 167-169, 367).
No es asombroso comprobar desde entonces que la antropología de Kojève abastece, a menudo hasta en sus mismos términos, el modelo de la antropología lacanista. En la conciencia de sí, como caso particular de la conciencia en general, el hombre «es absorbido por su objeto» (IlH, p. 11). El Yo (moi) del sujeto que se contempla se torna un objeto para el Yo (moi) contemplador que «enajena» a este último: « él se olvida, él no piensa síno en la cosa [el Yo (moi)] contemplado; no piensa en su contemplación ni en su « Yo (moi) » o en su « sí ». Es tan poco conciente de sí que es más conciente de la cosa. » (IlH, p. 166). Hace falta pues «otra cosa» que le recuerde a su «Si»: el Deseo. Pero el deseo, como «negación negadora» metamorfosea el Yo-Cosa en yo-Deseo. El Yo Deseo no es más un yo (moi) siendo, él no es más determinado por la « plenitud », la « presencia », «el ser real más estático dado» de la cosa, sino por la « actividad » de la « nada » del Deseo. El verdadero Yo, el « Selbst », el «Sí» está determinado por un «vacío irreal», por «la presencia de la ausencia de una realidad» (IlH, p. 12). El hombre verdadero, el « Sí » es un «vacío, una nada» (IlH, p. 167) cuya existencia puede ser definida como un «no ser lo que es (en tanto que ser estático y dado, en tanto que ser natural, en tanto que «carácter innato») y ser (es decir hacerse) lo que no es» (IlH, p. 12). Lacan no dirá otra cosa cuándo define su sujeto de manera cartesiana - kojèvista: « Pienso donde no estoy », y «soy dónde no pienso». El « pensamiento nace de una negación » (IlH, p. 69), explica Kojève, y Lacan deduce de ello: el pensamiento, es decir la actividad conceptual, o lingüística niega al ser del yo (moi) y afirma el «Sí», el « sujeto verdadero » como actividad negadora pura (cf. (IlH, p. 69). Comprendemos desde entonces por qué en Lacan, totalmente como en Kojève, el sujeto del yo(moi)-Cosa, del yo estático inmóvil debe confrontarse violentamente con el otro Yo (moi), estático, inmóvil: la afirmación de un yo(moi)-Cosa no puede síno anular la afirmación de otro Yo(moi)-Cosa. A este nivel, ningún reconocimiento es posible y reencontramos lo que Lacan llama la « dimensión imaginaria », así como su « campo de agresividad ». A este nivel, uno de los dos Yo (moi) debe ceder al otro, con resultado bien conocido que el Yo no puede reconocer más el reconocimiento de aquel del que el Yo (moi) se borró. Para repetir la formulación de Kojève: Cuanto más el reconocimiento de un yo (moi) se absorbe en el reconocimiento del otro Yo (moi), más su propio Yo (mo) desaparece, y más el reconocimiento buscado, como reconocimiento de un par desaparece. La continuación es además conocida: la borradura de su Yo le permite al « esclavo » descubrir su verdadero "Sí", o sea su Deseo como no-cosa, no-siendo, como vacío, como nada o como "hueco-central". El reconocimiento verdadero, el Deseo verdadero es posible sólo al nivel del "Sí", por debajo del "callejón sin salida imaginario", siguiendo la terminología lacanista.
Desde luego, Lacan invierte la relación del deseo y del lenguaje. Si para Kojève, el Deseo es primero, porque primero es naturaleza - el hombre comparte el Deseo con el animal (cf. IlH, pp.11, 12), pero desea otro « objeto », o un « no objeto »-, en Lacan, es el lenguaje el que ocupa este sitio primordial y lo que anula el objeto tanto como el Yo moi). El hombre del deseo no será un hombre diferente, será el hombre de lo simbólico, cuyo deseo no puede ser reconocido síno al nivel de lo simbólico.
En este sentido, Lacan sería en efecto un simple alumno de Kojève. La inversión del deseo y del lenguaje finalmente sería sólo una « inversión en las palabras » que dejaría la « Cosa », el Sentido o la Esencia del pensamiento de Kojève intacto. Y, yendo más lejos, hasta habría que pensar que Lacan es un « psicoanalista hegeliano », y que su pensamiento representa un «hegelianismo aplicado, un hegelianismo en actos» (ver a Sergio Viderman, Un psicoanalista hegeliano, en Lacan con los filósofos, pp.322, 328).
Tal identificación me parece sin embargo un poco temprana. En primer lugar, la « lectura » que Lacan hace a « Hegel » es ampliamente inspirada por las clases de Kojève. Luego, la Introducción a la lectura de Hegel de Kojève presenta un Hegel al que se buscaría en vano en la Fenomenología del Espíritu. Y finalmente, hay que abstenerse de confundir la inspiración que Lacan saca de Kojève con la inspiración que anima a Kojève mismo. Sin detenerme sobre el abismo que separa a Kojève de Hegel, trataré de liberar el sentido y el significado del pensamiento de Kojève, tal como se manifiesta en su Introducción.
La finalidad de la Fenomenología del Espíritu consiste, según Hegel, en la «vía hacia la ciencia», « que es ella-misma ya ciencia y pues, por su contenido, ciencia de la experiencia de la conciencia." (Fenomenología del Espíritu [= PhG], Aubier, p. 90; Meiner, p. 68). Esta experiencia de la conciencia contiene «el sistema entero de ésta», es decir: «la totalidad del reino de la verdad del espíritu» (ibid) la representación de la experiencia de la conciencia, «como comportamiento de la ciencia con relación al saber en su aparición fenomenal» (PhG, Aubier, p. 86; Meiner, p. 63), coincide con la "ciencia del espíritu propiamente dicha" (PhG, Aubier, p. 90; Meiner, p. 68).
La verdad no existe síno «en el sistema científico de ésta» (PhG, Aubier, p. 30; Meiner, p. 6) y el saber no «puede ser expuesto síno como ciencia o sistema» (PhG, Aubier, p. 41; Meiner, p. 18). La verdad que revela la ciencia en la experiencia de la conciencia no es sin embargo una simple una verdad del sujeto; tampoco es ella una verdad de la sustancia: «La verdad es el Todo» (PhG, Aubier, p. 39; Meiner, p. 15). La Fenomenología del Espíritu puede ser concebida «como la vía que sigue la conciencia natural en su marcha insistente hacia el saber verdadero; o así como el itinerario del alma que recorre la serie de sus configuraciones como tantas estaciones pre-implantadas para ella por su propia naturaleza, con el fin de purificarse hasta hacerse espíritu» (PhG, Aubier, p. 83; Meiner, p. 60). La verdad muestra que el espíritu solo es lo absoluto (PhG, Aubier, p. 41; Meiner, p. 18) o que «la sustancia es esencialmente sujeta». El espíritu es « la esencia efectiva absoluta que se porta a sí misma» (PhG, Aubier, p. 300; Meiner, p. 289).
Si releemos ahora la Introducción de Kojève, encontramos una representación muy diferente de la Fenomenología:
Independientemente de lo que al respecto piensa Hegel, la Fenomenología es una antropología filosófica. Su tema es el hombre como humano, el ser real en la historia. […] ella quiere describir la «esencia» íntegra del hombre, es decir todas las «posibilidades» humanas (cognoscitivas, afectivas y activas). (IlH, p. 39).
La Fenomenología es más que una teoría del conocimiento. Es el hombre íntegro que estudia y describe la Filosofía, y la antropología de Hegel no es intelectualista de ninguna manera. (IlH, p. 43).
Kojève indica pues bastante claramente que no cuenta con acogerse a lo que Hegel pensaba de su propia filosofía y que la Fenomenología no es una fenomenología del Espíritu, sino una fenomenología de la «esencia íntegra del hombre». El desarrollo, el progreso del Espíritu del «en sí» hacia el «en - y - para sí», es decir el movimiento del concepto inmediato del todo (PhG, Aubier, p. 34; Meiner, p. 10) al «concepto absoluto», al «espíritu que se conoce como espíritu» (PhG, Aubier, p. 524; Meiner, p. 531), se hace en Kojève el movimiento de la historia universal donde el hombre, o más precisamente el esclavo, se pelea por el reconocimiento. (3) Así, según Kojève, «el Tiempo, - es el hombre mismo» (IlH, p. 384):
El Tiempo es el concepto que es el hombre: se entiende el Hombre histórico, es decir el Homme-del-Deseo, es decir el Hombre no satisfecho por lo que es y por lo que él es, es decir el Hombre que transforma lo dado por la Lucha y el Trabajo. (IlH, p. 385).
El «Saber absoluto», que Hegel concibe como él «saberse» del Espíritu como espíritu, adquiere un giro extraño y antropológico en Kojève:
El «Saber absoluto», es no la Sabiduría, sino el Sabio: es el hombre en carne y en hueso que realiza, por su Acción, la Sabiduría o la Ciencia. (IlH, p. 323).
Resulta que el autor al que comenta Kojève no es Hegel sino Marx. La postura en exergo del comentario de la «dialéctica del amo y del esclavo» por Queneau parece completamente legítima, porque representa en efecto el punto de referencia de la interpretación kojèvista de Hegel.
El pensamiento de Kojève podría ser resumido como una mezcla de tres elecciones teóricas que aparecen como tres «activaciones del proceso de desarrollo» del texto hegeliano, del que el primero es marxista, el segundo una aportación original de Kojève y el tercero de inspiración heideggerista:
1. El motor de la historia, el motor de la Fenomenología del Espíritu es el «hombre real» en la historia (IlH, p. 39). Este hombre es caracterizado por el Deseo que se caracteriza por su acción de «negativdad negadora». Pero el Deseo no anula al hombre, no lo vacía al punto donde aboliría en él a su ser real.
Es lo que distingue por otro lado el Deseo de Kojève del «deseo simbólico» de Lacan: «el hombre debe ser un vacío, una nada, que no es una nada pura, reina Nichts, sino algo que sea en la medida en que aniquila al Ser, para realizarse a sus expensas en el ser» (IlH, p. 167). Así, el Deseo es un dato que el hombre comparte con el animal porque: «la existencia humana es posible sólo allí dónde hay algo que se llama Leben, vida biológica y animal. Porque no hay Deseo sin vida.» (IlH, pp.166, 167).
Por lo tanto de esta concepción del hombre, Kojève puede pues afirmar con Hegel que «el ser [...] es Logos porque bebe y come, nace, vive y muere, y muere de veras, sin resucitar», que «su realidad espiritual es la revelación (discursiva) de su realidad sensible, y no puede ser separada» (IlH, p. 426). Al mismo tiempo, hace depender al ser corporal del hombre-esclavo que hace la historia por su «Trabajo» y su «Lucha». El «Trabajo» y «esfuerzo» («die Anstrengung») del concepto de Hegel adquiere así un significado antropológico marxista. (4)
2. Situando el Deseo, como motor de la Historia, según el plan del ser real, según el plan de la «vida animal» del hombre, Kojève se topa con el problema de la distinción entre hombre y animal. El animal no tiene historia y el Hombre no puede ser deducido del desarrollo del animal, a ejemplo de Hegel. La autodeterminación del hombre en su historia debe pues ser dada de golpe.
Kojève aporta una solución original e interesante a este problema. Si el Hombre desea todo como el animal, no desea por eso lo que desea el animal. En otros términos: es el objeto del Deseo del hombre lo que distingue su deseo del deseo del animal. Se trata allí, una vez más, de una posición bastante poco lacanista, porque invierte la relación del deseo y de su objeto. Si el deseo lacanista determina, y hasta «crea» su objeto como nada, el Deseo de Kojève es determinado por su objeto, el otro Deseo. Ciertamente este objeto del Deseo no es un siendo, pero no queda menos un objeto, en la misma medida que el objeto « chosiste » (Lacan).
De esa manera Kojève consigue escapar tanto de la contradicción del «deseo puro» (Lacan) sin objeto, como del problema del deseo «propiamente humano» en su relación a la «vida animal». Como Deseo de Deseo, el Deseo del hombre se refiere al reconocimiento de su Deseo por el Deseo del otro. Este reconocimiento del Deseo depende de un proceso intersubjectivo, de un movimiento dialéctico entre por lo menos dos seres cuyo deseo es mediado por el objeto del Deseo.
El Deseo como «la negación negadora» no es, hablando con propiedad, pero no anula por eso al Hombre al que determina. El Deseo de Kojève, por muy negativo que sea, se queda Deseo de un Hombre, y más precisamente Deseo de un Hombre corporal que «bebe, come, nace, vive y muere». En una perspectiva lacanista, evidentemente estaríamos tentados de preguntar si Kojève confunde su Deseo con una necesidad, o vacila en sacar las consecuencias más radicales del estatuto del no-siendo del Deseo y del Hombre del Deseo. De hecho, Kojève, en buen marxista, no hace ninguno de los dos, evitando así la aporía inevitable que resulta del deseo como «pura nada».
Kojève simplemente aporta la tercera solución, compatible con su inspiración marxista, estratégicamente interesante y lógicamente consistente. El hombre del Deseo es bien un «vacío, una nada», pero no por eso una «nada pura, reina Nichts, sino algo que es en la medida en que aniquila (anéantit) el Ser, para realizarse a sus expensas y aniquilar en el Ser» (IlH, p. 167). La solución no tiene nada de misterioso ni de paradójico: «el hombre es la Acción negadora, que transforma él ser dado y que se transforma él mismo transformándolo.» En los términos de la «filosofía clásica»: el Hombre se caracteriza por su «espontaneidad» (Kant) y por su libertad.
El hombre del Deseo es el Hombre de la Acción, el hombre que simplemente y completamente no niega el Ser (según una «negación abstracta»), sino que niega él ser dado para transformarle en un Ser diferente, y para transformarse por ahí incluso en un Hombre diferente (según una «negación determinada» que conserva lo que, en los términos de Lacan, «anula», cf. IlH, p. 309). Sobre plano del Ser, podríamos decir que la «negación determinada» del Hombre del Deseo de Kojève, queda siempre una «determinación negativa», condicionada por lo que niega. El ejemplo más simple es la dialéctica del amo y del esclavo que suspende con la muerte, la «aniquilación» efectiva de uno de los dos combatientes.
3. Gracias a esta concepción original del Deseo, Kojève ahora se halla en situación de integrar la «temporalidad invertida» de Heidegger en su concepción marxista de la historia.
Kojève le otorga a Hegel la idea que la «estructura específica del Tiempo propiamente humano, es decir histórica» depende de un movimiento que «se engendra en el Futuro y va hacia el presente pasando por el pasado: Futuro> Pasado> Presente (> Futuro)» (IlH, p. 367). La explicación de este fenómeno sigue siendo antropológica en Kojève:
El movimiento engendrado por el Futuro, - Es el movimiento que nace del Deseo. Se entiende: del Deseo específicamente humano, es decir del Deseo creativo, es decir del deseo que se refiere en una entidad que no existe en el mundo natural real y que no existió allí. Es solamente entonces que podemos decir que el movimiento es engendrado por el Futuro: porque el Futuro, - precisamente es lo que (todavía no) es y lo que (ya no) fue. (IlH, p. 367)
La acción animada por el Deseo actúa «con arreglo a lo que todavía no es» (IlH, p. 368). Para hacerlo, el Deseo debe pues negar lo dado transformándolo en «pasado», para hacer pasar en el «Presente» el «no todavía» del Futuro. Él futuro de este «no todavía» no proviene del destino del ser o del Espíritu, él proviene del Hombre que trabaja, es decir proviene de un «proyecto»: el «reconocimiento universal» (IlH, p. 275) del «Ciudadano, el trabajador en el Estado perfeccionado» (IlH, p. 302). Es en este lugar de la concepción del «fin de la Historia» que Kojève reencuentra por fin una inspiración hegeliana, y que resueltamente contradice la idea marxista de la desaparición del Estado. Pero incluso esta inspiración hegeliana es suplantada de nuevo por un aporte original de Kojève: el Sabio y su Sabiduría. El Estado «es necesario para el Sabio», es incluso «necesario para engendrar la Sabiduría» (IlH, p. 303), y el Sabio es este «Hombre íntegro, es decir el que integra en su existencia todas las posibilidades existenciales del Hombre» (IlH, p. 304).
En una terminología heideggerista, y según una definición original del Deseo, Kojève utiliza la temporalidad existencial del Ser y el Tiempo para concebir, gracias al Estado hegeliano, al Hombre no enajenado con quien soñaba Marx. El Deseo de Kojève reposa en una teoría de la Acción histórica del esclavo-trabajador - Mesías del futuro - que debe realizar el proyecto utópico de un mundo mejor.
Es en esta finalidad política y perfectamente manifiesta en el pensamiento de Kojève, que se sitúa el sentido específicamente kojèvista de la Introducción a la lectura de Hegel. El Deseo simplemente no es más «negatividad negadora» o «negación abstracta», a ejemplo del deseo simbólico de Lacan, sino el motor de una Acción ante el crear un mundo nuevo, un mundo mejor donde el Sabio goza del reconocimiento universal en el Estado perfecto. La noción de Deseo, la noción de «vacío» y de «nada», la noción de conciencia de sí y la Historia como conciencia animada por el Deseo e «historia de los Deseos deseados» corresponde a la posición de la ortodoxia marxista.
Si se tiene en cuenta diferencias entre la teoría de Kojève y la de Lacan, comprendemos por qué Lacan, retomando a su propia cuenta gran número de ideas de su «maestro», se veía forzado a transformarlas. Miremos pues de cerca cómo Lacan se sitúa con relación a Kojève.
Las posiciones lacanistas pueden ser concebidas como una crítica verdadera de la filosofía de Kojève que, eliminando el aspecto político y militante de la Introducción, radicaliza el aspecto antropológico al nivel formal. El «contenido» o el significado filosófico de la antropología de Kojève dan lugar, en Lacan, a un universalismo formal de la «estructura» del hombre, o más precisamente, del hombre desencarnado que es el «sujeto».
La crítica de Lacan toma su salida de la noción kojèvena del Deseo. El Deseo depende de una acción negadora, de una «negatividad negadora» que «vive» de la negación de su objeto. Así, en el caso del Deseo animal, del deseo de un objeto «chosiste», la suerte del objeto es su anulación. Partiendo por lo tanto de esta primera definición del Deseo, Lacan levanta el problema con que se topa el Deseo del Deseo. Como negación, el Deseo necesariamente debe anular el otro Deseo que desea. El caso es que Lacan lo llama el «callejón sin salida imaginario». Y según Lacan, el conjunto de la filosofía hegeliana está suspendido en este «callejón sin salida» y en el «desconocimiento de la dimensión simbólica». Hegel partía de la «Begierde», observa Lacan, y «absolutamente no obtenía sino un daño, es por no tener conocimiento alguno [...] de lo que era el estadio del espejo» (Séminaire IX, 21.02.62). Desde luego, Lacan no habla aquí de Hegel sino de Kojève. «Todo Hegel esta construido para mostrar lo que se edifica sobre la relación «yo-tú»» (Séminaire XVI, sesión del 11.12.68). Es en el lugar que Lacan sitúa el «error inicial» de Hegel-Kojève (Séminaire XVI, 15.01.69). Aparece entonces de allí en qué sentido la teoría psicoanalítica de Lacan va de allí a determinarse según la palabra de orden: «Lacan contra Hegel» (Séminaire XI, pp.195. 201). El problema verdadero de Hegel-Kojève según Lacan, es pues no haber reconocido la importancia fundamental de lo simbólico, el «reino del significante» (Séminaire XVII, p. 91).
En Lacan es la noción de deseo simbólico lo que se considera resuelve este «callejón sin salida imaginario». Por esta razón hay que pasar del deseo imaginario, el Deseo de Kojève, al deseo simbólico que no se topa más con la «dialéctica imaginaria del amo y del esclavo». El deseo simbólico, al contrario del deseo imaginario, puede ser reconocido. La negación de este deseo simbólico es domesticada en lo que no es más la negación de un Yo (moi), no es más negación personal de un sujeto, sino la negación abstraída del orden de simbólico que estructura originalmente al hombre y su mundo. Este deseo universal, y lo que es más, sin objeto, puede fácilmente ser reconocido porque no reivindica y no niega nada.
El precio de esta elección teórica es considerable. Generalizando la negatividad del deseo, y sustrayéndolo a la dimensión inter-subjetiva del «tú-yo», Lacan se ve conducido a anular este sujeto para el que el deseo podría ser su deseo. Lejos de ser un deseo subjetivo, un deseo que podría formularse como «deseo», el deseo se hace la causa de un crucero cuyo sujeto no es más que el efecto. Así, Lacan se ve obligado, poco a poco, a desplazar todos los atributos del sujeto hacia lo simbólico que lo condiciona. Es el lenguaje primero, gracias a la lógica autónoma de los símbolos, es el pensamiento luego, como el resultado de los movimientos inmanentes del significante, y es el sujeto entero que se ve relevado por el Otro, el lugar de lo simbólico. Así, poco a poco, el sujeto es expoliado de todas sus funciones subjetivas, de su Yo, de su cuerpo, de su pensamiento y de su libertad. El sujeto, su estructura, su historia y su mundo «propiamente humano» no serán más que la expresión de las «posibilidades» aprioricas de la «causalidad» del significante.
De esa manera, radicalizando ciertos aspectos del pensamiento de Kojève, Lacan viene desde allí a una concepción original del ser humano y de su deseo. El «sujeto agujerado» de Lacan debe abandonar su cuerpo y su «vida animal» a cambio de una unión mística con el «cuerpo sutil» del Otro que toma el relevo como sujeto. Y, en lugar de responder a la cuestión de saber por qué un ser tal puede todavía ser designado por «humano», incluso por «propiamente humano», de saber por qué una práctica puramente simbólica o estructural merece el nombre de psicoanálisis, Lacan invierte los datos del problema postulando que no hay subjetividad que no dependa de lo simbólico. Y no se trata en este caso del resultado de una deducción, no se trata de la conclusión de una argumentación, sino del postulado inicial del pensamiento lacanista.
Estaríamos tentados desde entonces a decir que Lacan sale del pensamiento de Kojève como entró en él: armado de algunos postulados sólidos e inalterables cuya demostración tardara en hacer, provisto de algunas formulaciones «filosóficas» nuevas, falsamente atribuidas a Hegel. En términos lacanistas, podríamos decir que un cierto número de «significantes» kojèvestas - el Deseo, la negación, la muerte de la cosa, el vacío y la nada-, arrancados de su contexto y de su significado específico continúan su «vida» al servicio de un pensamiento que los fuerza a llevar un significado casi inverso. Inicialmente al servicio de una antropologisación marxista de Hegel, estos «significantes» llevan ahora una teoría de la anulación del hombre y de su mundo «propiamente humano».
Esta diferencia de finalidad es particularmente manifiesta cuando nos volvemos hacia la solución que Kojève da al llamado callejón sin salida «imaginario». La confrontación de los Deseos y su dialéctica no tiene nada de «imaginario» en Kojève. Se sitúa sobre el plano más real, es decir el de la vida y la muerte de los hombres concernidos. La negación del «combate de puro prestigio» en Kojève corre peligro de llevar la dialéctica, y a los hombres que en ello estén comprometidos. Pero sin «vida animal» no hay Deseo, ser ni «propiamente humano», ni Espíritu. El riesgo de la vida tiene sentido sólo si está al servicio de esta misma vida. La negación que lleva la confrontación puede ciertamente negar la vida, pero en este caso, no sería apenas más que una «negación abstracta». La apuesta es sin embargo la de la negación determinada: Lo que el Hombre pone en juego, tan pronto como entabla el combate, es ciertamente su «vida animal como tal», pero en la finalidad del «aún» de otra vida, de una vida más «propiamente humana».
Tratemos ahora de ver cómo Kojève concibe la solución del problema de la negatividad del Deseo. El Esclavo que reconoció el Deseo del otro sin poder ser reconocido por él es forzado a trabajar «para otro» (IlH, p. 176). De esa manera, El Esclavo logra, a su vuelta, superar «sus instintos» (IlH, p. 176). Trabajando para el otro, el Esclavo transforma la naturaleza ya no con arreglo a su Deseo animal y abstractamente negativo, sino «con arreglo a una idea» que mantiene lo que niega, es decir que «transforma». Al contrario del amo que no sabe más que reafirmar su Deseo de Deseo como negación del Deseo del otro, el esclavo, transformando la Naturaleza, llega a transformar «su» «Naturaleza»» (ibid) (5) Lo mismo que el amo, habiendo manifestado su libertad en el momento del combate, el Esclavo alcanza, por el trabajo «con arreglo a una idea», a liberarse de lo dado «y, - en particular de lo dado que él mismo es»: «Allí dónde hay trabajo, necesariamente hay pues cambio, progreso evolución histórica» (IlH, p. 178). Kojève utiliza pues la noción hegeliana de la experiencia (PhG, Aubier, p. 88, 89; Meiner, p. 66, 67) en el sentido de Marx: «Bildung» de la conciencia (PhG, Aubier, p. 83; Meiner, p. 61) resulta del trabajo social (cf. IlH, p. 34).
El trabajo es Bildung, en el doble sentido de la palabra: de una parte, forma, transforma al mundo, lo humaniza haciéndolo más adaptado al Hombre; por otra parte, transforma, forma, educa al hombre, lo humaniza haciéndolo más conforme con la idea que él mismo se hace y que no es - en prime acceso - sino una idea abstracta, un ideal. (IlH, p. 180)
Si el Hombre de Kojève debe ser dado de entrada como Deseo de Deseo, en su diferencia al animal, no queda sin embargo vinculado a esta determinación original. Como Deseo de Deseo, el hombre no es un ser dado, fijo e inmóvil, sino puede ser formado «gebildet» y transformado al mismo título que la naturaleza. Sólo el amo es quien se encuentra en este callejón sin salida de no poder sobrepasar más el momento original del Deseo de Deseo: «el Amo jamás puede desprenderse del mundo en que vive, y si este mundo perece, perece con él.» (IlH, p. 34).
La diferencia entre la solución de Lacan y la de Kojève es pues bastante nítida. Si para Lacan, el hombre del deseo simbólico quedará siempre sometido a lo dado original del significante que piensa y «trabaja» en su lugar, el Hombre de Kojève llega, por medio de su propio trabajo, a cambiar su dado original con vistas a un «ideal». En otros términos: si el hombre de Kojève es determinado por su proyecto, el sujeto de Lacan es determinado por el ensayo de su origen, es decir de su pasado. La noción de lo que significa inverso pues la inversión heideggeriana del tiempo encadenando con el sujeto a un pasado inmemorial que determina su presente y su futuro. El núcleo reaccionario de la ética del psicoanálisis lacanista echa raíces en esta caída falsamente subversiva.
Lo mismo que el Espíritu de Hegel, lo simbólico se sostiene «detrás de la conciencia» de los individuos que, en sus palabras y en sus actos, realizan a pesar de lo que el Espíritu impone por su propia necesidad, por su propio movimiento de sí hacia sí. Pero si Hegel concibe la sustancia al mismo tiempo como sujeto, es decir sobre el modelo de la reflexión subjetiva, Lacan elimina el lado subjetivo del Espíritu hegeliano, para retener sólo una «sustancia» significante, calcada sobre la idea de la «negación pura negadora» vacía del Deseo de Kojève.
La ética lacanista parece pues totalmente trazada: el hombre debe asumir un deseo ex-sistente que le atraviesa y le condiciona como sujeto. Reduciendo su Yo imaginario, el hombre puede dejar estar en él la palabra del Otro, del Dios o del Espíritu substantificado y acéfalo de la lógica significante. No es asombroso, desde entonces, que Lacan proyecte en la figura del héroe de Sófocles el modelo del buen paciente y del buen analista que, tal el «gran hombre» de Hegel, realiza tanto mejor el Deseo del Otro que asume lo que en apariencia depende de su pasión individual. En otros términos: la ética del psicoanálisis simplemente consistirá en prestar asistencia a la «astucia de la razón» metamorfoseada «astucia de Otro» simbólico, inconsciente y ciego, porque sin proyecto. El «trabajo» de Hegel, y la «Acción» del Deseo de Kojève se borran ante el «dejar ser» y la «sujeción Hörigkeit» de Heidegger. Al contrario de su maestro Kojève, Lacan reemplaza el acto y la acción de desear por la pasión del sujeto en el Deseo del Otro. El Hegel marxista y heideggeriano de Kojève es devuelto así sobre su cabeza en nombre de un inconsciente irracional que sobrevive sólo del evitar reaccional de la luz de lo explícito y de lo «exotérico» (cf PhG, Aubier p. 35; Meiner, p. 11).
NOTAS
1.) Kojève queda bastante próximo de la concepción famosa marxista de la «dimensión imaginaria» como determinación esencial del hombre: «como [el hombre] no nace con un espejo o como filósofo fichtéen: Yo soy yo (moi) (Me soy- je suis moi), se refleja [bespiegelt] primero con la ayuda de otro hombre. Es solamente por medio de su relación al hombre Pablo como el par que el hombre Pierre se remite a si mismo como hombre. Al mismo tiempo, Pablo en carne y en hueso, en su corporalidad paulino, le vale también como forma de aparecerle del género hombre.» (Karl Marx, El capital I, MEW 23, p. 67, anota 18). De hecho, Marx atribuye la concepción fichtéenne del hombre como conciencia de sí «sin relación, auto-suficiente, sin necesidad, ser absolutamente pleno» al «individuo egoísta de la sociedad burguesa» (Karl Marx, Friedrich Engels, La Sagrada Familia o la crítica de la crítica crítica, en MEW 2, p. 127).
2.) Ver también, a propósito de esto: Karl Marx, Friedrich Engels, La Sagrada Familia o la crítica de la crítica, crítica, en MEW 2, pp.60-63.
3.) «En la verdadera historia, las conquistas, los avasallamientos, los asesinatos y los robos, en resumen: la violencia, detentan el papel principal.» (Karl Marx, El capital I, MEW 23, p. 742). «Esta historia de los [esclavos, trabajadores] expropiación» está inscrita en los anales de la humanidad con los trazos de la sangre y del fuego. (Karl Marx, El capital I, MEW 23, p. 743, cf también Karl Marx, Friedrich Engels, La ideología alemana, en MEW 3, pp.37, 39)
4.) «Hegel hace del hombre un hombre de la conciencia de sí, en lugar de hacer la conciencia de sí la conciencia de sí del hombre, del hombre real que vive y que es determinado por un mundo verdadero y objetivo [gegenständlich]. Pone el mundo a la cabeza y puede así disolver todos los límites en la cabeza, aunque estos aquí subsistan para el mal sensible, para el hombre real. » (Karl Marx, Friedrich Engels, La Sagrada Familia o la crítica de la crítica crítica, en MEW 2, p. 204). Igualmente: «la conciencia jamás puede ser otra cosa, que el ser conciente, y el ser de los hombres es su proceso real de vida.» (Karl Marx, Friedrich Engels, La ideología alemana, en MEW 3, p. 26, cf. también, pp.30, 31, 245, 246, 270)
5.) «Para que por este movimiento [el hombre] actúe la naturaleza exterior y la cambie, cambia al mismo tiempo su propia naturaleza. Desarrolla la potencia [Potenzen] que dormita en él y somete el juego de sus fuerzas a su propio imperio [Botmäßigkeit].» (Karl Marx, El capital I, MEW 23, p. 192)
6.) En Kojève, la «Acción» libertadora del esclavo implica la «eliminación material» del amo. Así, existen dos tipos de comportamiento enfrente de la historia: la pasividad sumisante y la «lucha» activa y negadora de lo dado y la creadora de lo nuevo (cf. IlH, pp.151, 162, 385). Los hombres que viven « por encima de la pelea», «que se contentan con hablar de cosas que ellos no crean por su Acción, son los Intelectuales productores de ideologías de intelectuales [...].» (IlH, p. 162). Reconocemos fácilmente la inspiración marxista militante tal como ella se expresa en sus primeros textos: «las ideas jamás pueden sobrepasar un antiguo estado del mundo, sino si ellas no pueden sino sobrepasar las ideas del antiguo estado del mundo. Las ideas no pueden cumplir nada. Con el fin de cumplir las ideas, hacen falta hombres que pongan en ejecución una fuerza [Gewalt] práctica.» (Karl Marx, Friedrich Engels, La Sagrada Familia o la crítica de la crítica, crítica, en MEW 2, pp.126). Cf. también a propósito de esto la 11 tesis sobre Feurbach: «los filósofos interpretaron solamente el mundo de diferentes maneras, ahora se trata de cambiarlo.» (Karl Marx, Tesis sobre Feurerbach, en MEW 3, p. 7).